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Juzgo luego existo!

12 septiembre, 2015 - Psicoterapia Gestalt - , , , ,

UnknownProbablemente convivas con auténticos expertos en criticar o juzgar. Y seguro que tu alguna vez también te has permitido opinar sobre la manera de pensar, sentir o actuar de los demás.

Juzgar tiene que ver con deliberar, con hacer un juicio sobre la otra persona, en el que nos sentimos con la autoridad de culpabilizarla. El acto de juzgar, presupone un conflicto de intereses, permite distinguir entre el bien y el mal, entre lo verdadero y lo falso. Cuando juzgamos, nos ponemos en la posición del que tiene la verdad y lo más curioso de todo es que nos empeñamos en defenderla, porque buscamos tener siempre la razón. Y esto tiene consecuencias. Entonces, ¿por qué juzgamos?

Sabemos que cuando no tenemos toda la información sobre un hecho, tendemos a completarla según sean nuestras propias creencias. Es lo que en psicología se denomina como ley de cierre. Es decir, le damos un sentido a ese hecho que nos permita encajarlo dentro de nuestras creencias y valores. Es como si nos pusiéramos una “gafas” a nuestro gusto, que condicionan la mirada de todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Probablemente una persona exigente interpretará que es “normal” ser meticuloso, preciso, perseverante o cualquier atributo que le de sentido a ser exigente. Y es justo en ese momento cuando el cerebro desecha todo aquello que no encaja con sus creencias y valores. Así que, imagina qué debe pensar una persona exigente cuando se encuentra delante con alguien que tiene unas creencias opuestas y sea por ejemplo “flexible”. Lo más probable es que le juzgue y diga: “Es un vago!”

Al hacer esto, no solamente reducimos injustamente la maravillosa complejidad del otro, sino que una vez realizada esa suposición, probablemente tendamos a adoptar una atención selectiva, y veamos solo lo que hemos elegido ver y a desechemos aquello que no se ajuste a nuestras hipótesis. Así, nuestra concepción del otro se hace más rígida y limitada. Es el fenómeno estudiado por Robert Rosenthal y Lenore Jacobson en 1968”. Eligieron al azar una serie de alumnos de una escuela e informaron falsamente sobre su excelente rendimiento a los profesores. Lo sorprendente fue que al cabo de ocho meses, dichos alumnos obtuvieron un rendimiento escolar realmente elevado con respecto a su historial académico. ¿Qué es lo que había pasado? La expectativa de los profesores y cómo se habían relacionado con dichos alumnos, había facilitado, el aumento de rendimiento. La profecía que se había creado en los profesores, se veía cumplida.

Y es que cuando resulta demasiado duro mirar dentro de uno mismo, desplegamos mecanismos de defensa para evitar asumir deseos, emociones o características propias, consideradas inaceptables para nuestra auto-imagen. A este fenómeno se le llama proyección en psicología y consiste en colocar o proyectar en otra persona lo que nosotros no somos capaces de asumir como propio. Aquí es donde nace la necesidad de juzgar. Lo interesante es darse cuenta que el mundo externo supone de algún modo un reflejo de nuestro mundo interno. En definitiva, la forma en la que juzgamos a los demás es una extensión de cómo nos juzgamos a nosotros mismos.

Así que cuando te sorprendas criticando a alguien, detente un momento y pregúntate qué es lo que ha suscitado esa reacción hacia la otra persona, ya que es posible que en esa crítica haya algún aspecto tuyo que podrías revisar.

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