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Antidoto del Orgullo: Humildad

9 marzo, 2015 - Crecimiento Personal - , , , ,

OrgulloLo cierto es que a menudo para algunos, la humildad es un término absolutamente desconocido y poco practicado. Porque para algunos caracteres es un concepto que no ha sido aprendido a lo largo de su historia y por lo que tampoco han tenido la necesidad de practicarlo. Según la Real Academia Española (RAE) la humildad es: “Virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento”. El diccionario Espasa-Calpe dice: “f. Actitud de la persona que no presume de sus logros, reconoce sus fracasos y debilidades y actúa sin orgullo” La humildad es el antídoto a la vanidad, orgullo y soberbia, es decir, de todos aquellos que se inflan como globos para aparentar más de lo que son y poder esconder un sentimiento de inferioridad y un miedo al rechazo. Es una virtud de realismo, pues consiste en ser conscientes de nuestras limitaciones e insuficiencias y en actuar de acuerdo con tal conciencia, concretamente es la sabiduría de lo que somos, sin exageraciones. La mente humilde es receptiva por naturaleza y es la que mejor está dispuesta a escuchar y a aprender. En el caso opuesto está la mente arrogante, que por saber mucho de algún tema, se cree capaz de discernir asuntos sobre los cuales no conoce ni los principios más básicos, creyendo estar preparada para emitir juicios válidos sobre cosas de las que no tiene ni la más remota idea. En esta carencia de reconocimiento de los límites de su conocimiento, el arrogante construye su ilusión de ser más importante que los demás. Habitualmente el arrogante incurre en la crítica destructiva que sólo puede conducir al territorio de las hostilidades, pero que no ayuda a nadie. El verdadero humilde considera siempre que las experiencias de la vida s on posibilidades abiertas para aprender cada vez más. Ser humilde es permitir que cada experiencia te enseñe algo y desde ahí, desaparecen miedos y sufrimientos. Para ello el primer paso es reconocer que no se sabe algo ni que se tiene la verdad absoluta. Practicar la humildad no es otra cosa que verse desnudo delante de un espejo, sintiendo gratitud por lo que éste refleja, sin exagerar orgullosamente los propios sentimientos, imaginándolos mayores de lo que son y sin minusvalorarse, negándose a aceptar lo que hay. Uno de los retos mas grandes es descubrir que la humildad no siempre significa perder, sino hacerse vulnerable. Vivimos en un mundo donde se premia a los gran des triunfadores, donde se cuentan sus grandes hazañas pero donde no siempre se comparten los fracasos y el enorme aprendizaje que hay detrás de ellos. La humildad es una virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y en obrar de acuerdo con este conocimiento. Y, por tanto, el punto inicial que nos permite avanzar y construir. Para el orgulloso, la equivocación es una buena herramienta para desvanecer la autoimagen y humanizarse. Aceptar la equivocación es a menudo un ejercicio de aceptación, de que no todo está bajo control. Que la máquina creada, bajo la cual el narcisista maneja al mundo y a sí mismo no es perfecta. Soltar el control es al fin y al cabo descansar en lo obvio, en lo que hay, en lo que es. Aceptar las heridas propias y las que uno provoca, aceptar el rostro “feo” o menos bonito de uno mismo y del entorno. Como afirma B.Bettlelheim “…Cuando una persona descubre cosas de sí misma que antes no sabía, es probable que también descubra porqué no las sabía, las había reprimido y de que manera debe actuar en el futuro…”. Es decir poner conciencia en la equivocación, es poner conciencia en los recursos y en las limitaciones propias. Aprender a estar en contacto con uno mismo, con el otro y con el mundo y desarrollar la capacidad d el propio juicio o conocimiento de sí a medida que uno cree y se pone en contacto con el mundo, autoactualizándose y desvaneciendo equivocaciones.

Comentarios 2
  • Andrés Alcalde

    9 marzo, 2014 Responder

    Creo ciegamente que un punto de partida crucial para trabajarse la humildad es entender que mi imagen de mi es mía y sólo existe en mi. Entender que para el otro, soy lo que lo que el otro ve de mi. Que ese espejo del que hablas ante el que desnudarse es el otro y por tanto... mis acciones. De esta forma poco espacio dejas para la soberbia el orgullo y la vanidad.

    • joanmontero

      10 marzo, 2014 Responder

      Andrés, estoy absolutamente de acuerdo con tu comentario. Gracias por participar. Un abrazo!

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